
Casi todos los sustos de una mudanza se deciden semanas antes, en cosas que parecían menores. Estos son los fallos que más se repiten en las fincas de esta ciudad y cómo se evitan sin gastar más.
Van también con el punto donde conviene pedir un pressupost de mudança en firme antes de seguir.
No medir el portal antes de contratar la mudanza en el Barri Antic
El fallo que más veces se paga es dar por hecho que el mueble pasa. Dentro de la vila closa hay portales que no llegan al metro de ancho, jambas de piedra que no se pueden desmontar y rellanos con un quiebro cerrado a mitad de tramo. Un armario de tres cuerpos montado, un sofá largo o una mesa de comedor de tablero entero se quedan clavados ahí, y a esas alturas la casa ya está medio vacía y el reloj sigue corriendo.
La comprobación cuesta poco: ancho de portal, ancho del hueco de escalera, la diagonal del giro en el rellano y la altura libre bajo el voladizo, si lo hay. Con esos cuatro números encima de la mesa se decide con antelación qué baja a mano, qué se desmonta y qué sale por fachada. Y sobre todo se decide con tiempo para pedir lo que haga falta, en lugar de improvisar una salida peor la misma mañana de la carga.
Pedir presupuesto por habitaciones y no por metros cúbicos
Contar habitaciones no dice nada del volumen. Dos pisos de tres dormitorios en la misma escalera pueden llevar uno el doble que el otro: depende de si hay biblioteca, de si el trastero está lleno, de si los armarios son empotrados o exentos y de cuántos años lleva la familia viviendo allí. Quien da un número por teléfono con el dato de las habitaciones está haciendo una media, y las medias fallan justo en los casos que se salen de la media.
La valoración mide otra cosa: metros cúbicos reales, plantas y ascensor en las dos puntas, cómo llega el vehículo a cada calle, qué material de embalaje hace falta y qué muebles hay que desarmar. Eso da un importe que se sostiene el día de la carga. Un precio dado sin ver la casa se corrige sobre la marcha, y la corrección siempre llega en el peor momento: con el camión abajo y la agenda ya cerrada.
Dejar el permiso de vía pública para la víspera de la carga en Valls
La autorización de ocupación o la reserva del hueco donde para el camión se piden con días de antelación, y hay quien se acuerda la tarde anterior. Entonces ya no hay trámite posible y el vehículo aparca donde se pueda, que en el centro suele ser lejos y cuesta arriba. La jornada se alarga, hacen falta más manos para el acarreo y el importe sube por un motivo que se podía haber quitado de en medio con una llamada a tiempo.
Cuando de verdad no hay hueco —porque la calle es peatonal, porque es muy estrecha o porque hay obras—, existe un plan alternativo y es mejor conocerlo antes: vehículo corto hasta la puerta, camión grande esperando en la parte ancha y lanzadera entre los dos. Funciona bien, pero suma horas y se cuenta en la hoja desde el principio. Lo que no funciona es descubrir cómo es la calle el mismo día del traslado.
Elegir final de mes o agosto sin reservar el camión con margen
En este sector la demanda no está repartida. Se concentra al final de cada mes, en sábado y en domingo, y durante los meses de verano, que es cuando terminan los contratos de alquiler y cuando la gente tiene días libres. Quien llama con una semana de margen para un 31 de julio elige poco: se queda con la fecha que haya quedado suelta. Quien llama con un mes por delante elige día, hora y tamaño de equipo.
Aquí se trabaja sábado y domingo además de entre semana, de 8 a 20 h y durante todo el año, y eso abre huecos que otras agendas no tienen: un domingo por la mañana para una oficina, un sábado temprano para entrar en el piso el mismo día en que dan las llaves. Aun así, esas franjas también se llenan. Reservar pronto no cambia la tarifa; cambia que puedas elegir el día que te conviene en lugar del que sobra.
Embalar los libros en cajas grandes y los platos sin papel
Con el material pasa lo mismo que con las medidas: los fallos son siempre los mismos cuatro. La caja grande cargada hasta arriba de tomos, que después no levanta nadie y termina rompiéndose por el fondo en el segundo tramo de escalera. La vajilla metida de golpe, plato sobre plato y sin nada entre medias. Las cajas sin nada escrito por fuera. Y el televisor grande viajando de canto, sin protección en las esquinas ni delante de la pantalla.
La regla es corta y sirve para todo: lo que pesa va en caja pequeña y lo que abulta sin pesar va en caja grande. Los platos se colocan de canto, como discos, con papel entre cada uno y relleno hasta arriba para que nada baile dentro. Cada caja lleva escrito en el lateral —no en la tapa, que se queda debajo al apilar— la habitación de destino y una palabra de contenido. Con eso, el desembalaje se ordena solo.
Contar con el ascensor del Fornàs sin medir la cabina
El error del ensanche es el simétrico del error del casco antiguo: dar el ascensor por resuelto porque existe. En muchos bloques la cabina es de dos plazas, con puerta estrecha y techo fijo, y ahí no entra un colchón de matrimonio, ni un armario montado, ni una nevera de dos puertas. La comprobación tampoco tiene misterio: se hace con la cinta métrica en la mano y en dos minutos, antes de dar nada por hecho.
Con esos datos hay tres salidas y las tres se preparan antes. Desmontar en origen y montar arriba, que es lo más habitual. Subir por escalera con dos personas más, cuando la finca lo admite. O montar plataforma en la calle y meter las piezas por el balcón, que en un cuarto o un quinto acaba siendo lo más rápido de todo. Lo que decide entre las tres es la visita previa, y por eso se hace antes de dar un número.